El Juego De Los Abalorios by Hermann Hesse

El Juego De Los Abalorios by Hermann Hesse

Author:Hermann Hesse
Language: es
Format: mobi
Tags: sf_social
Published: 2011-03-25T23:00:00+00:00


De vez en cuando, Knecht trataba de que le fuera posible hacer una breve visita al envejecido ex Magister Musicae. El venerable anciano, cuyas fuerzas declinaban visiblemente, y que había perdido ya por entero el uso de la palabra, persistió en su estado de alegre recogimiento hasta el fin. No estaba enfermo y su muerte no fue realmente un morir, sino una progresiva desmaterialización, un desaparecer de la sustancia corporal y de las funciones físicas, mientras que la vida se recogía exclusivamente cada vez más en los ojos y en la leve irradiación luminosa de la cara envejecida que se hundía. Para la mayoría de los residentes de Monteport este fenómeno era conocido y aceptado con respeto, pero sólo a pocos, como Knecht, Ferromonte y el joven Petrus, estaba permitido una suerte de participación en este esplendor del atardecer, en este irradiar de una vida pura y altruista. A estos pocos que entraban preparados y concentrados en el pequeño cuarto donde el viejo maestro estaba sentado en un sillón, les era concedido penetrar en este suave brillo del dejar de ser, sentir la plenitud vuelta algo sin palabras; como en un campo de rayos invisibles, permanecían durante momentos de felicidad en la esfera cristalina de esta alma, partícipes de una música ultraterrenal, y volvían luego con los corazones limpios y robustecidos a su jornada como desde una alta cumbre de montaña. Llegó el día en que Knecht recibió la noticia de su muerte. Partió de prisa y encontró al maestro dormido suavemente para siempre, tendido en su lecho, el pequeño rostro desvanecido y hundido como una runa de paz, un arabesco, una figura mágica ilegible ya y, sin embargo, elocuente en sonrisa, en acabada felicidad. En el entierro, después del Magister Musicae y de Ferromonte, habló también Knecht, y no habló del iluminado sabio de la música, del gran maestro, del bondadoso, inteligente y anciano miembro de la autoridad suprema, sino solamente de la gracia de aquella vejez y aquella muerte, de la inmortal belleza del espíritu, que se había manifestado en él para los compañeros de sus últimos días.

Por muchas indicaciones halladas, sabemos que tenía el deseo de escribir la biografía del ex Magister, pero sus funciones no le dejaron el tiempo necesario para esa labor. Había aprendido a conceder muy escasa importancia a sus propios deseos. Una vez dijo a un repetidor:

—Es una lástima que los estudiantes no conozcáis todo lo superfluo y profuso en que vivís. Pero lo mismo me ocurrió cuando era yo estudiante. Se estudia, se trabaja, no se está ocioso, se cree que se es diligente... pero apenas se siente todo lo que se puede hacer con esa libertad. Después interviene de repente una orden superior: uno es utilizado, recibe una misión, un encargo de enseñanza, un puesto, se eleva a otro superior y, sin darse cuenta, se halla apresado en una red de tareas y deberes, que se torna más apretada y tupida, cuanto más uno se mueve en ella. No se trata



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